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¿TODO SEGUIRÁ IGUAL?

Lorenzo Vilches

Publicado en Browne, Rodrigo y Del Valle, Carlos (2020): COVID 19. La comunicación en tiempos de pandemia. Temuco (Chile). UFRO ed.

 

¿Será el Covid19 la oportunidad para cambiar las cosas que no funcionan? ¿Deberemos esperar otra pandemia o un Chernóbil global para cambiar las cosas? Son preguntas que expertos y legos se hacen hoy en el día a día de las noticias que nos llegan sobre las diferentes crisis económicas y sociales que sobrevendrán durante y la pospandemia.

Entre las deficiencias estructurales que esta pandemia está dejando dramáticamente al descubierto se halla el sistema educativo que ha tenido que enfrentarse al cierre de escuelas, colegios y universidades. El parón de la actividad humana por el confinamiento generalizado ha llevado a primera página las debilidades del sistema educativo edificado sobre pilares que se han demostrado obsoletos frente a una crisis mundial como la que nos afecta en estos momentos. Y ha mostrado una evidencia,  la necesidad de recurrir a las tecnologías digitales como alternativa de la educación presencial. Por cierto, llamamos tecnologías digitales y no nuevas tecnologías a una migración digital que ya está disponible desde hace por lo menos 30 años.

Una directiva de una gran firma norteamericana contaba que el teletrabajo se había introducido eficazmente en todas las áreas de su empresa. Pero que la dirección había considerado muy importante el verse las caras presencialmente por lo que se había fijado un día de reunión física a la semana. Así que ella cogía su automóvil el día fijado y llegaba a su empresa después de dos horas y media de viaje. La reunión cara a cara duraba una hora. Luego repartía para volver a casa después de viajar otras dos horas y media. Una jornada entera empleada para una reunión que podía haberse realizado vía telemática.

El confinamiento generalizado ha puesto sobre el tapete la necesidad de la enseñanza vía telemática. Se trata de una demanda educativa y social que se ha presentado de golpe en todos los países, sin dejar más tiempo para dudas ni elusión de responsabilidades ante  la urgencia de su implementación.

El coronavirus podría alargar su efecto más allá de los próximos meses. En el futuro no pueden descartarse nuevas crisis que obliguen a cambiar temporalmente y de forma radical nuestro estilo de vida y nuestras rutinas de trabajo y enseñanza. Pero también porque el sistema actual de costes y derroche de recursos no puede permitir más postergaciones.

Más allá de la urgencia puntual de estos días, los costes de la educación son enormes y seguirán amentando con la demanda sostenida de acceso universal a la educación. El sistema actual de la educación requiere grandes inversiones en infraestructuras y servicios, formidables movimientos de recursos técnicos y humanos y que suponen un esfuerzo que los Estados ni las familias podrán permitirse a largo plazo.

La construcción y mantenimiento de los edificios que albergan las actividades de enseñanza e investigación requieren ingentes costes que se

ven aumentados con las exigencias de sostenibilidad ambiental actuales. Se hace cada vez más urgente dotar a los centros de los servicios mínimos de habitabilidad, ergonomía y funcionalidad. Por no hablar de la necesidad de dotaciones de laboratorios y bibliotecas adecuados para la investigación.

Los docentes y los investigadores están mal pagados en casi todo el mundo, salvo alguna excepción. Liberar recursos económicos de grandes inversiones de infraestructuras podría servir para mejorar notablemente la política de emolumentos de docentes e investigadores. Así como destinar nuevos recursos para becas, intercambios internacionales, bibliotecas y  dotaciones científicas.

El coste del transporte diario y masivo  de estudiantes supone otra gran inversión pública y privada, y una carga excesiva para las familias que deben asegurar la presencia de sus hijos en los centros educativos durante 10 o más meses al año. Pero el coste en horas y el estrés diario por el tráfico intenso de las ciudades o por las distancias que han de recorrer los estudiantes de zonas distantes de los centros de estudio, es otra carga a soportar durante todo el período de los estudios. Por no hablar de los costes de alquiler de viviendas o residencias de los docentes y estudiantes provenientes de zonas y ciudades sin universidades.

El sistema educativo actual es insostenible por mucho tiempo más. Los hechos recientes debieran bastar para pensar en la necesidad urgente de implementar un nuevo sistema educacional basado en los recursos digitales como importante alternativa de la enseñanza tradicional. Entretanto, el discurso sobre la brecha digital ha sido un pretexto para no tomar decisiones que no tienen que ver con las tecnologías sino con el acceso universal de los ciudadanos a la educación. Y para ello, las becas y las ayudas sociales a las familias sin recursos debe hacer parte de la hoja de ruta de todos los gobiernos.

Además de los costes económicos ¿cuánto vale el más importante de todos los factores: el aprovechamiento y los resultados de los recursos de profesores y estudiantes.?

En primer lugar, los medios de enseñanza. Está por demostrar que una clase presencial, salvo en las materias prácticas, esté mejor aprovechada que la lectura de un libro (en papel o en pantalla) o la exposición personalizada de una clase virtual con todo tipo de apoyo informático interactivo de fuentes y enlaces on line.

Las instalaciones y dotaciones para el estudio, como las bibliotecas, son espacios privilegiados que en muchos lugares están infrautilizados enrelación con su oferta. Es un hecho que muchos estudiantes usan  las bibliotecas como espacio de estudio y acceso a  las redes digitales. Mientras, aumentan en forma exponencial los recursos on line de revistas especializadas internacionales y libros en formato digital. Actualmente ya existen millones de artículos  y contenidos didácticos gratis en Internet. Dentro de unos años la disponibilidad de bibliotecas virtuales será universal gracias a las inversiones de los Estados y la aportación privada.

Los estudiantes podrán obtener la docencia con clases virtuales, ahorrarse el desplazamiento diario al centro educativo con la consiguiente economía de tiempo para invertirlo en su formación personal, la confección de trabajos y las reuniones o seminarios con sus compañeros de estudio.

La presencia física, “el contacto con la gente”, en la universidad no va a desaparecer. El tiempo destinado a las clases presenciales se convertirá en tiempo útil pero deslocalizado para recibir los contenidos en forma personalizada en la computadora o móvil y para asistir a seminarios sectoriales, a laboratorios de prácticas con la guía del profesor, o para acudir a las entrevistas tutoriales con sus profesores. Lo cual redundará en una mejor y personal administración del tiempo  restante para trabajar, dedicarse a una actividad extra como el deporte, la música, la creación audiovisual, el ocio, … o actividades de solidaridad en su comunidad.

Un profesor que desempeña su docencia en turnos diurnos y vespertinos debe, con frecuencia más habitual que la creemos, repetir  la misma materia en ambos cursos. En cambio, ese tiempo repetitivo es tiempo que puede emplearse en su formación, la investigación o la atención personalizada a los alumnos. Un profesor de baja médica, o por ausencias de investigación por desplazamiento a otra ciudad, no necesita ser reemplazado por otro docente puesto que sus clases pueden estar programadas y grabadas con anterioridad. Incluso se puede preguntar o responder a cuestiones puntuales desde cualquier lugar gracias a nuestros portátiles. La universidad es algo más que dar y recibir clases.

Ustedes dirán: todo eso ya lo sabemos. ¿Entonces estamos de acuerdo en que así están las cosas y que podrían ser de otra manera? Con una pregunta semejante despedía yo en mi conferencia de clausura  de un lejano  Congreso de ALAIC 2002  en Santa Cruz de Bolivia, cuyo tema era el mismo de este artículo. Desde entonces hasta ahora, en Latinoamérica y en España han soplado verdaderos huracanes de cuestionamiento del papel de la Universidad en el mundo de hoy. Las universidades han resistido hasta aquí, y en forma desigual a los embates económicos y políticos y todo tipo de ciclogénesis explosivas que desestabilizan su función en la sociedad de la globalización.

¿Cuánto tiempo más podrán resistir las universidades confinadas en un modelo de enseñanza a todas luces obsoleto y de incierta sostenibilidad?

Ante el coronavirus, no hay ninguna medida práctica que podamos aprender de la experiencia anterior, pero sí que hay lecciones útiles al respecto de cosas que debemos cambiar.

 

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