APOSTILLA AL NOMBRE DE LA ROSA

A comienzos de 1984 Umberto Eco nos entregó el manuscrito en italiano de APOSTILLA AL NOMBRE DE LA ROSA  para su publicación en la revista ANALISI del Departamento de Teoría de la comunicación de la Universidad Autónoma de Barcelona. El artículo se publicó en mayo del mismo año en un número especial dedicado a las series.

En el enlace se puede leer íntegramente el artículo en facsímil:

https://www.raco.cat/index.php/Analisi/article/view/41264/88267

EL ABURRIMIENTO (y 4)

Te pones a ello­–lo que sea, pues lo que cuenta es empezar–y el mismo efecto inacabado, por inacabado, parece como si tirara de ti y te indujese a proseguir. No hay nada mejor que comenzar para proseguir. A veces cuesta–por indecisión, por pereza, por la dificultad intrínseca del asunto…–, pero una vez dado el primer paso es como si el viento soplara ya a favor y, en algún momento, como si pudieras navegar a toda vela. Ocurre, además, que recordamos  mejor el trabajo inacabado, la obra incompleta, que las operaciones finiquitadas, los problemas resueltos o los temas archivados.

La penúltima bondad, Josep María Esquirol

EL ABURRIMIENTO (3)

La felicidad necesita algún tipo de aspiración; requiere de la generación del deseo y de la acción. Afortunadamente, en las afueras queda siempre mucho trabajo por hacer. A veces no lo parece, porque el bienestar provisional y la propaganda de la inmediación nos aturden. Ante lo mucho que queda por hacer, se trata de empezar: empezar la política del medio palmo, empezar a leer, empezar a caminar, empezar a escuchar música, empezar a ordenar… y seguir la frase de la vida, sabiendo que lo seguro tiene inicio. La acción engendra futuro.

La penúltima bondad, Josep María Esquirol

EL ABURRIMIENTO (2)

En una de las cartas, ya avanzada la obra, la protagonista le describe a su amado el estado de felicidad en que se halla: sin rivalidades ni problemas, habiendo conseguido todo lo que quería, sin nada más para imaginar ni para desear (1). Pero paradójicamente, algo extraño se produce en esta comodísima situación, que resulta perturbada por  una punzante inquietud. Una vez reconocida y saludada la plenitud feliz, se siente un desasosiego que emerge del corazón; “Soy muy feliz; la felicidad me aburre. ¿Conoce algún remedio para esta desgana del bienestar?”

  • Jean-Jacques Rousseau, Julia, o la nueva Eloísa.

La penúltima bondad, Josep María Esquirol

EL ABURRIMIENTO

Hay trabajo que en sí mismo, y con el esfuerzo que conlleva, tiene sentido. Tiene sentido hacerlo, tiene sentido terminarlo y tiene sentido descansar de él. Obviamente, hay trabajo insensato y alienador. Hay ocio placentero, paréntesis del trabajo, dedicado a la diversión , al juego, o a la contemplación… Pero hay un ocio que decae en aburrimiento y en tedio. Y tedio es la mínima vitalidad, la mínima pasión, la mínima ilusión. No es la muerte, pero sí la difuminada sombra de la nada.

La penúltima bondad, Josep Maria Esquirol

 

CINE DE MÉDICOS Y ENFERMERAS

Artículo de Pedro Cano (†), Catedrático  de Clásicas/ Salvador Rofes, Médico,

publicado en DICTIONARIO DE TEORÍAS NARRATIVAS

(Lorenzo Vilches. Caligrama/Penguin Random House . 2017/2018)

 

 

        

 Médicos. Ya en los Estados Unidos de la gran depresión tuvo éxito Symphony of Six Million (La melodía de la vida) (1932) de Gregory La Cava con la historia de un joven doctor, su buena fe, su desviación hacia la medicina privada y elitista y el retorno a su gente. No mucho después, King Vidor trasladó a imágenes la novela de A. J. Cronin, La ciudadela (1938). Su protagonista también se movía entre la vocación social y la tentación elitista. De la época data el personaje del Dr. Kildare (entre 1937 y 1942) en hasta diez películas cuya saga inició Los internos no cobran (1937, de A.Santell). Con la Segunda Guerra Mundial, la filmografía bélica incorpora médicos y hospitales a sus tramas, aunque el hospital de campaña por excelencia sería M.A.S.H. (1970), de R. Altman.  Antes, en Un rayo de luz (1950) un interno afroamericano mostraba la dificultad de las minorías para seguir su carrera. S. Kramer reformuló el cine “de médicos” en No serás un extraño (1955), según la novela de M. Thompson. Los hospitales —antiguos y modernos, de alta tecnología o de cuidados

básicos— componen los escenarios: aulas o habitaciones, despachos o quirófanos, salas de urgencia. Hombres que dejan huella, de D. Swift (1962) seguía la tendencia, e incorporaba una tímida subtrama sobre el aborto, un asunto que no se afrontaría con dureza hasta Las normas de la casa de la sidra (de Lars Hallström, 1999). En Los nuevos internos (John Rich, 1964), se insinuaban las relaciones entre los médicos y las compañías farmacéuticas. Se avanzaba además la presencia de la gestión hospitalaria, que iba a centrar la trama de Anatomía de un Hospital (1971) de A. Hiller, y cuyo origen histórico se había glosado en El hombre que supo amar (1978) de M. Picazo, sobre la vida de San Juan de Dios (1495-1550), diseñador de un entonces nuevo concepto de la sanidad. Habrá de pasar medio siglo para que (La fille de Brest) (La Dra. de Brest) (2016) de E. Bercot, descubra sin ambages los riesgos de los medicamentos y la influencia de las compañías farmacéuticas sobre médicos y políticos. Con Barbarroja (1965), A. Kurosawa encuadra un tipo de medicina hospitalaria rural y marginada, mediante la evolución del joven Dr. Yasumoto que por voluntad expresa de su padre inicia su formación en una clínica de asistencia gratuita, donde dirige y ejerce el Dr. Niide (T. Mifune). El novato, pasa del rechazo a la admiración, de la ambición al altruismo. Y decide quedarse allí. Kurosawa añadía, a los tópicos ya creados, las secuelas del maltrato, la vejez y la atención a los moribundos. En 1991, Doc Hollywood de M. Caton-Jones imita Barbarroja y parte de No serás un extraño en

 

 

 

 

tono de comedia amable. Los límites de la ética hospitalaria se reflejan en Hipócrates (2015) de Th. Lilti, que muestra de forma realista a un residente en formación que, cuando se equivoca, debe escoger entre afrontar su responsabilidad o echar tierra al asunto por las influencias que le protegen. Coma (1978) de Michael Crichton aborda los avances de la medicina en forma de thriller sobre la entonces técnica incipiente de los trasplantes y los límites éticos que exigen. Trasplantes a parte, la duda ética creó escuela y ha ocasionado películas de intriga como Extreme Measures (Al cruzar el límite) (1996) de M. Apted, o Anatomie (2000) de S. Ruzowitzky. Un tema que algo le debe a la novela La isla del Dr. Moreau, de H. G. Wells, y sus varias adaptaciones al cine. Entre las más destacadas, la versión de E. C. Kenton (1933) con Ch. Laughton; la de D. Taylor (1977) con Burt Lancaster; y la de J. Frankenheimer (1996) con Marlon Brando. En torno a la ética profesional, flota en muchas películas el tema de la soberbia médica, tratado con sensibilidad en The doctor (1991) de R. Haines, con su protagonista en situación de paciente.

 

Enfermeras. Tal vez la más adusta de las enfermeras sigue siendo la señora Ratched —Louise Fletcher— de Alguien voló sobre el nido del cuco (1975) de Milos Forman, con permiso de la muy perturbada Annie Wilkes —Kathy Bates— que torturaba al novelista de Misery (1990, de R. Reiner). No obstante, el personaje histórico de Florence Nightingale, fundadora del primer cuerpo de enfermeras, fue documentado en un trabajo de la de la BBC (2008), sobre la primera enfermera seglar de la historia, que repasa buena parte de lo que se sabe de ella, a partir de sus propios recuerdos. Abundan versiones de su vida, como El ángel blanco (1936) de W. Dieterle, La dama de la lámpara (1951) de H. Wilcox, que ya había dirigido la biografía de otra heroica enfermera, La enfermera Edith Cavell (1939), ambas con la misma actriz: Anna Neagle. Solo en las últimas décadas se presta cierta atención a la figura del enfermero. Al límite (1999) de M. Scorsese sigue durante tres días los esfuerzos de un atormentado paramédico, conductor de ambulancias; y el enfermero protagonista de Los padres de ella (2000, de J. Roach), y sus secuelas, debe afrontar el tono de superioridad machista que usan con él los amigos médicos de su suegro. Sin apenas presencia de

médicos, en Hable con ella (2002, de P. Almodóvar), Benigno, un enfermero, atiende pacientes en estado de coma. Las monjas hospitalarias constituyen también una sólida fuente argumental, de donde han salido obras destacadas como Narciso Negro (1947, de M. Powell y E. Pressburger, Ana (1951) de A. Lattuada, o Historia de una monja (1959) de F. Zinnemann. La enfermera de campaña se inmortalizó tras la obra de Hemingway, Adiós a las armas, en obras notables. Así las versiones de Fr. Borzage (1932); Ch. Vidor (1957); R. Attenborough (1996). El naturalismo trágico de las guerras, no obstante, se alcanza de forma definitiva en films como Johnny got his gun (Johnny cogió su fusil) (1971) de D. Trumbo o The English Patient (El paciente inglés) (1996) de A. Minghella, que comparten lo contradictorio de organizar la muerte sistemática y contar con la sanidad para arreglar los resultados.

Enfermedades. La enfermedad funciona en muchas películas como motor argumental y las epidemias constituyen un fatum trágico y el reto que deben asumir los investigadores. Contagion, 2011 de St. Soderbergh relata la expansión veloz de un virus ficticio, que representa el origen, desarrollo, investigación y eventual solución de una epidemia. El sida tuvo la historia de sus orígenes en And the band played on (En el filo de la duda) (1993) de R. Spottiswoode, y

 

generó obras notables como Longtime companion (Compañeros inseparables) (1990) de N. René; It’s my party (Fiesta de despedida) (1996) de R. Kleiser o Peter’s Friends (Los amigos de Peter) (1992) de K. Branagh. Representaban la destrucción de una cierta sociedad por una catástrofe inesperada (Compañeros…), el suicidio asistido para evitar un final patético (Fiesta…) y, por fin, la asunción resignada de una enfermedad que condicionaría el resto de sus vidas (Los amigos…). Philadelphia (1993) de J. Demme abordaba los derechos de los enfermos. Les nuits fauves (Las noches salvajes) (1992) de Cyril Collard y Les témoins (Los testigos) (2007) de André Téchiné, trasladaban a Francia la evolución del mal y su influencia sobre la relación entre las personas. La tuberculosis –virtualmente superada hoy – ha quedado en el cine asociada a un halo romántico que va desde las mil versiones de La dama de las Camelias de Alejandro Dumas, cuyo imagen más famosa sigue siendo la de Greta Garbo en la versión de Georges Cukor (1936), hasta la serie de títulos que tratan el famoso duelo en O. K. Corral de Tombstone entre los hermanos Earp y los Clanton, donde destaca el personaje de Doc Holliday, médico tuberculoso, intelectual y pistolero: La pasión de los fuertes (My Darling Clementine, 1946) de J. Ford; Duelo de titanes (Gunfight at the O.K.Corral, 1957) de J. Sturges; Tombstone (1993, de G. P. Cosmatos). Molière (A. Mnouchkine, 1978) o el cineasta Jean Vigo Vigo. Passion for Life,(1998) de Julien Temple, ilustraron también la creatividad y las ansias de vivir que la tradición literaria atribuye a estos enfermos. La residencia en sanatorios ha inspirado melodramas clásicos como El otro amor (1947, de A. de Toth); El sanatorio en El torbellino de la vida (1950) de H.French; o tragedias sombrías: El mar (2000), de A. Villaronga. Documentales a parte, Pasteur (1935) de Sacha Guitry, o Dr. Ehrlich’s Magic Bullet (La Bala

 

 

mágica del Dr. Ehrlich) (1940) de W. Dieterle, habían ensayado biografías sobre los investigadores de las enfermedades infectocontagiosas. La sífilis toma un papel esencial en muchas películas biográficas como El libertino (2005, de L. Dunmore) sobre John Wilmot, conde de Rochester; Más allá del bien y del mal (1977, de Liliana Cavani), sobre Frederick Nietzsche; Memorias de África (1985, de S. Pollack) sobre Karen Blixen, autora de la novela original bajo el seudónimo de Isak Dinesen, contagiada por su marido; Duelo silencioso (1949, de A. Kurosawa), donde un médico se infesta de sífilis en un hospital de campaña. También la rabia: El mal (1966) de G. Gazcón; la peste; Pánico en las calles (Panic in the Streets, 1950) de E. Kazan; el cólera: El velo pintado (1934, 1957, 2006…); la lepra: Molokai (1959, de L. Lucía), Braveheart (1995) de M. Gibson, Kingdom of Heaven (El reino de los cielos) (2005) de R. Scott.

         Trasplantes. Los trasplantes eran solo un tema de terror o ciencia ficción hasta hace un par de décadas. Pueden considerarse precedentes las numerosas películas de Frankenstein sobre la idea de Mary Shelley entre la versión de J. Whale (1931) y la de Kenneth Branagh (1994). Los realizadores tienden a enfocar los trasplantes de modo referencial. El corazón sugiere una tensión emocional: Todo sobre mi madre (1999 de Almodóvar) o 21 gramos (2003, de A. González Iñárritu), por más que ha dado lugar a películas de acción como Deuda de sangre (1995) de Clint Eastwood o John Q. (2002) de Nick Cassavetes), que plantea además la tentación de saltarse los turnos de espera, como Inhale (2010 de B. Kormákur), donde un fiscal está dispuesto a jugarse la carrera por el pulmón que necesita su hija y tal vez no llegue a tiempo. La médula ósea sugiere una responsabilidad afectiva familiar: Medidas desesperadas (1998, de Barbet Schroeder), In love we trust (2007, de W. Xiaoshuai) Un cuento de Navidad (2008, Fr., de Arnaud Desplechin) o La decisión de Anne (EE. UU., 2009). El riñón puede suponer los mismos valores emocionales que corazón o médula. Así, Magnolias de acero (1987, de Herbert Ross). No obstante, los órganos que pueden ser extraídos de personas vivas, inspiran numerosos thrillers y cintas de terror, como Sympathy for Mr. Vengeance (2002, de P. Chan-wook). G.Franju creó en Ojos sin rostro (1959) una original premonición en clave de cine de terror psicológico sobre los trasplantes de cara, y fue referencia confesa de La piel que habito (2011, de Almodóvar). Por fin, Kazuo Ishiguro, con su novela Nunca me abandones, inspiró

 

 

Never let me go (2011, de M. Romanek). Con el antecedente directo de Coma (Cfr. supra), se aborda una distopía con “granjas humanas” para la provisión de órganos.

          La muerte. Una enfermedad terminal desata las ganas de morir con dignidad. En Empieza el espectáculo (All that Jazz, 1979, de B. Fosse), su protagonista trabaja sin descanso a la espera del infarto definitivo. Incluso, si la tragedia es vivir, se lucha para que acabe. Así se plantea en Mar adentro (2004, de A. Amenábar). El funcionario diagnosticado de cáncer de Vivir (J., 1952 de A: Kurosawa), necesita dejar una obra que justifique su presencia en el mundo; la protagonista de La habitación de Marvin (Marvin’s Room, 1996, de J. Zaks) asume su leucemia, pero recupera a su familia; el de Mi vida (My Life, de B. J. Rubin) se grabará en vídeo para comunicarse con el hijo que tal vez no vea nacer; la de Mi vida sin mí (2002, E., de I. Coixet) le busca a su marido una compañera que cubra la ausencia en su momento. El idealista moribundo de Las invasiones bárbaras (2003, de Denys Arcand), morirá en una realidad virtual que le haga creer que no ha perdido su tiempo. Planta cuarta (2003, de A. Mercero) muestra la capacidad de los niños de enfrentarse a su muerte y Amar la vida (Wit, 2001, de Mike Nichols) acompaña en la soledad de un hospital la agonía de una intelectual.

          Series. Personajes y argumentos enmarcados en la vida hospitalaria han provisto las series televisivas de más éxito. Hospital general (estrenada en 1963) – el clásico de TV por excelencia – en competencia permanente con Urgencias (1994-2009), y ganó a Dr. Kildare (1961-66), The Doctors (1963-1982), St. Elsewhere (1982-88) y al Dr. Marcus Welby (1969-1976), entre otras, mucho antes de que el Dr. House (2004-2012) sustituyera el código ético por el relativismo moral o el paternalismo, por el desafío a la muerte. Hospital Central (2000-2012), Pulseres vermelles (2011-2013, en Televisión de Catalunya), Médico de familia (1995-1999), Diario de una doctora (Männer sind die beste Medizin, 2008-2011), etc. siguen la línea en muchos países.

LA EMERGENCIA VIRAL

Byung-Chul Han

La emergencia viral y el mundo de mañana. Byung-Chul Han, el filósofo surcoreano que piensa desde Berlín

Los países asiáticos están gestionando mejor esta crisis que Occidente. Mientras allí se trabaja con datos y mascarillas, aquí se llega tarde y se levantan fronteras

ELPAÍS

22-03-2020

El coronavirus está poniendo a prueba nuestro sistema. Al parecer Asia tiene mejor controlada la pandemia que Europa. En Hong Kong, Taiwán y Singapur hay muy pocos infectados. En Taiwán se registran 108 casos y en Hong Kong 193. En Alemania, por el contrario, tras un período de tiempo mucho más breve hay ya 15.320 casos confirmados, y en España 19.980 (datos del 20 de marzo). También Corea del Sur ha superado ya la peor fase, lo mismo que Japón. Pero ni en Taiwán ni en Corea se ha decretado la prohibición de salir de casa ni se han cerrado las tiendas y los restaurantes. Entre tanto ha comenzado un éxodo de asiáticos que salen de Europa. Chinos y coreanos quieren regresar a sus países, porque ahí se sienten más seguros. Los precios de los vuelos se han multiplicado. Ya apenas se pueden conseguir billetes de vuelo para China o Corea.

Europa está fracasando. Las cifras de infectados aumentan exponencialmente. Pero también cabe observar sobreactuaciones inútiles. Los cierres de fronteras son evidentemente una expresión desesperada de soberanía. Nos sentimos de vuelta en la época de la soberanía. El soberano es quien decide sobre el estado de excepción. Es soberano quien cierra fronteras. Pero eso es una huera exhibición de soberanía que no sirve de nada. Serviría de mucha más ayuda cooperar intensamente dentro de la Eurozona que cerrar fronteras a lo loco. Entre tanto también Europa ha decretado la prohibición de entrada a extranjeros: un acto totalmente absurdo en vista del hecho de que Europa es precisamente adonde nadie quiere venir. Como mucho, sería más sensato decretar la prohibición de salidas de europeos, para proteger al mundo de Europa. Después de todo, Europa es en estos momentos el epicentro de la pandemia.

Las ventajas de Asia

En comparación con Europa, ¿qué ventajas ofrece el sistema de Asia que resulten eficientes para combatir la pandemia? Estados asiáticos como Japón, Corea, China, Hong Kong, Taiwán o Singapur tienen una mentalidad autoritaria, que les viene de su tradición cultural (confucianismo). Las personas son menos renuentes y más obedientes que en Europa. También confían más en el Estado. Y no solo en China, sino también en Corea o en Japón la vida cotidiana está organizada mucho más estrictamente que en Europa. Sobre todo, para enfrentarse al virus los asiáticos apuestan fuertemente por la vigilancia digital. Sospechan que en el big data podría encerrarse un potencial enorme para defenderse de la pandemia. Se podría decir que en Asia las epidemias no las combaten solo los virólogos y epidemiólogos, sino sobre todo también los informáticos y los especialistas en macrodatos. Un cambio de paradigma del que Europa todavía no se ha enterado. Los apologetas de la vigilancia digital proclamarían que el big data salva vidas humanas.

Varios ciudadanos, todos ellos con mascarilla, hacen cola para coger el autobús el pasado 20 de marzo en Pekín.Kevin Frayer / Getty Images

La conciencia crítica ante la vigilancia digital es en Asia prácticamente inexistente. Apenas se habla ya de protección de datos, incluso en Estados liberales como Japón y Corea. Nadie se enoja por el frenesí de las autoridades para recopilar datos. Entre tanto China ha introducido un sistema de crédito social inimaginable para los europeos, que permite una valoración o una evaluación exhaustiva de los ciudadanos- En China no hay ningún momento de la vida cotidiana que no esté sometido a observación. Se controla cada clic, cada compra, cada contacto, cada actividad en las redes sociales. A quien cruza con el semáforo en rojo, a quien tiene trato con críticos del régimen o a quien pone comentarios críticos en las redes sociales le quitan puntos. Entonces la vida puede llegar a ser muy peligrosa. Por el contrario, a quien compra por Internet alimentos sanos o lee periódicos afines al régimen le dan puntos. Quien tiene suficientes puntos obtiene un visado de viaje o créditos baratos. Por el contrario, quien cae por debajo de un determinado número de puntos podría perder su trabajo. En China es posible esta vigilancia social porque se produce un irrestricto intercambio de datos entre los proveedores de Internet y de telefonía móvil y las autoridades. Prácticamente no existe la protección de datos. En el vocabulario de los chinos no aparece el término “esfera privada”.

En China hay 200 millones de cámaras de vigilancia, muchas de ellas provistas de una técnica muy eficiente de reconocimiento facial. Captan incluso los lunares en el rostro. No es posible escapar de la cámara de vigilancia. Estas cámaras dotadas de inteligencia artificial pueden observar y evaluar a todo ciudadano en los espacios públicos, en las tiendas, en las calles, en las estaciones y en los aeropuertos.

Toda la infraestructura para la vigilancia digital ha resultado ser ahora sumamente eficaz para contener la epidemia. Cuando alguien sale de la estación de Pekín es captado automáticamente por una cámara que mide su temperatura corporal. Si la temperatura es preocupante todas las personas que iban sentadas en el mismo vagón reciben una notificación en sus teléfonos móviles. No en vano el sistema sabe quién iba sentado dónde en el tren. Las redes sociales cuentan que incluso se están usando drones para controlar las cuarentenas. Si uno rompe clandestinamente la cuarentena un dron se dirige volando a él y le ordena regresar a su vivienda. Quizá incluso le imprima una multa y se la deje caer volando, quién sabe. Una situación que para los europeos sería distópica, pero a la que, por lo visto, no se ofrece resistencia en China.

Los Estados asiáticos tienen una mentalidad autoritaria. Y los ciudadanos son más obedientes

Ni en China ni en otros Estados asiáticos como Corea del Sur, Hong Kong, Singapur, Taiwán o Japón existe una conciencia crítica ante la vigilancia digital o el big data. La digitalización directamente los embriaga. Eso obedece también a un motivo cultural. En Asia impera el colectivismo. No hay un individualismo acentuado. No es lo mismo el individualismo que el egoísmo, que por supuesto también está muy propagado en Asia.

Al parecer el big data resulta más eficaz para combatir el virus que los absurdos cierres de fronteras que en estos momentos se están efectuando en Europa. Sin embargo, a causa de la protección de datos no es posible en Europa un combate digital del virus comparable al asiático. Los proveedores chinos de telefonía móvil y de Internet comparten los datos sensibles de sus clientes con los servicios de seguridad y con los ministerios de salud. El Estado sabe por tanto dónde estoy, con quién me encuentro, qué hago, qué busco, en qué pienso, qué como, qué compro, adónde me dirijo. Es posible que en el futuro el Estado controle también la temperatura corporal, el peso, el nivel de azúcar en la sangre, etc. Una biopolítica digital que acompaña a la psicopolítica digital que controla activamente a las personas.

En Wuhan se han formado miles de equipos de investigación digitales que buscan posibles infectados basándose solo en datos técnicos. Basándose únicamente en análisis de macrodatos averiguan quiénes son potenciales infectados, quiénes tienen que seguir siendo observados y eventualmente ser aislados en cuarentena. También por cuanto respecta a la pandemia el futuro está en la digitalización. A la vista de la epidemia quizá deberíamos redefinir incluso la soberanía. Es soberano quien dispone de datos. Cuando Europa proclama el estado de alarma o cierra fronteras sigue aferrada a viejos modelos de soberanía.

La lección de la epidemia debería devolver la fabricación de ciertos productos médicos y farmacéuticos a Europa

No solo en China, sino también en otros países asiáticos la vigilancia digital se emplea a fondo para contener la epidemia. En Taiwán el Estado envía simultáneamente a todos los ciudadanos un SMS para localizar a las personas que han tenido contacto con infectados o para informar acerca de los lugares y edificios donde ha habido personas contagiadas. Ya en una fase muy temprana, Taiwán empleó una conexión de diversos datos para localizar a posibles infectados en función de los viajes que hubieran hecho. Quien se aproxima en Corea a un edificio en el que ha estado un infectado recibe a través de la “Corona-a”  una señal de alarma. Todos los lugares donde ha habido infectados están registrados en la aplicación. No se tiene muy en cuenta la protección de datos ni la esfera privada. En todos los edificios de Corea hay instaladas cámaras de vigilancia en cada piso, en cada oficina o en cada tienda. Es prácticamente imposible moverse en espacios públicos sin ser filmado por una cámara de vídeo. Con los datos del teléfono móvil y del material filmado por vídeo se puede crear el perfil de movimiento completo de un infectado. Se publican los movimientos de todos los infectados. Puede suceder que se destapen amoríos secretos. En las oficinas del ministerio de salud coreano hay unas personas llamadas “tracker” que día y noche no hacen otra cosa que mirar el material filmado por vídeo para completar el perfil del movimiento de los infectados y localizar a las personas que han tenido contacto con ellos.

Ha comenzado un éxodo de asiáticos en Europa. Quieren regresar a sus países porque ahí se sienten más seguros

Una diferencia llamativa entre Asia y Europa son sobre todo las mascarillas protectoras. En Corea no hay prácticamente nadie que vaya por ahí sin mascarillas respiratorias especiales capaces de filtrar el aire de virus. No son las habituales mascarillas quirúrgicas, sino unas mascarillas protectoras especiales con filtros, que también llevan los médicos que tratan a los infectados. Durante las últimas semanas, el tema prioritario en Corea era el suministro de mascarillas para la población. Delante de las farmacias se formaban colas enormes. Los políticos eran valorados en función de la rapidez con la que las suministraban a toda la población. Se construyeron a toda prisa nuevas máquinas para su fabricación. De momento parece que el suministro funciona bien. Hay incluso una aplicación que informa de en qué farmacia cercana se pueden conseguir aún mascarillas. Creo que las mascarillas protectoras, de las que se ha suministrado en Asia a toda la población, han contribuido de forma decisiva a contener la epidemia.

Los coreanos llevan mascarillas protectoras antivirus incluso en los puestos de trabajo. Hasta los políticos hacen sus apariciones públicas solo con mascarillas protectoras. También el presidente coreano la lleva para dar ejemplo, incluso en las conferencias de prensa. En Corea lo ponen verde a uno si no lleva mascarilla. Por el contrario, en Europa se dice a menudo que no sirven de mucho, lo cual es un disparate. ¿Por qué llevan entonces los médicos las mascarillas protectoras? Pero hay que cambiarse de mascarilla con suficiente frecuencia, porque cuando se humedecen pierden su función filtrante. No obstante, los coreanos ya han desarrollado una “mascarilla para el coronavirus” hecha de nano-filtros que incluso se puede lavar. Se dice que puede proteger a las personas del virus durante un mes. En realidad es muy buena solución mientras no haya vacunas ni medicamentos. En Europa, por el contrario, incluso los médicos tienen que viajar a Rusia para conseguirlas. Macron ha mandado confiscar mascarillas para distribuirlas entre el personal sanitario. Pero lo que recibieron luego fueron mascarillas normales sin filtro con la indicación de que bastarían para proteger del coronavirus, lo cual es una mentira. Europa está fracasando. ¿De qué sirve cerrar tiendas y restaurantes si las personas se siguen aglomerando en el metro o en el autobús durante las horas punta? ¿Cómo guardar ahí la distancia necesaria? Hasta en los supermercados resulta casi imposible. En una situación así, las mascarillas protectoras salvarían realmente vidas humanas. Está surgiendo una sociedad de dos clases. Quien tiene coche propio se expone a menos riesgo. Incluso las mascarillas normales servirían de mucho si las llevaran los infectados, porque entonces no lanzarían los virus afuera.

En la época de las ‘fake news’, surge una apatía hacia la realidad. Aquí, un virus real, no informático, causa conmoción

En los países europeos casi nadie lleva mascarilla. Hay algunos que las llevan, pero son asiáticos. Mis paisanos residentes en Europa se quejan de que los miran con extrañeza cuando las llevan. Tras esto hay una diferencia cultural. En Europa impera un individualismo que trae aparejada la costumbre de llevar la cara descubierta. Los únicos que van enmascarados son los criminales. Pero ahora, viendo imágenes de Corea, me he acostumbrado tanto a ver personas enmascaradas que la faz descubierta de mis conciudadanos europeos me resulta casi obscena. También a mí me gustaría llevar mascarilla protectora, pero aquí ya no se encuentran.

En el pasado, la fabricación de mascarillas, igual que la de tantos otros productos, se externalizó a China. Por eso ahora en Europa no se consiguen mascarillas. Los Estados asiáticos están tratando de proveer a toda la población de mascarillas protectoras. En China, cuando también ahí empezaron a ser escasas, incluso reequiparon fábricas para producir mascarillas. En Europa ni siquiera el personal sanitario las consigue. Mientras las personas se sigan aglomerando en los autobuses o en los metros para ir al trabajo sin mascarillas protectoras, la prohibición de salir de casa lógicamente no servirá de mucho. ¿Cómo se puede guardar la distancia necesaria en los autobuses o en el metro en las horas punta? Y una enseñanza que deberíamos sacar de la pandemia debería ser la conveniencia de volver a traer a Europa la producción de determinados productos, como mascarillas protectoras o productos medicinales y farmacéuticos.

El presidente de Corea del sur, el tercero por la izquierda, el pasado 25 de febrero en el Ayuntamiento de Daegu.South Korean Presidential Blue House/Getty Images / South Korean Presidential Blue H

A pesar de todo el riesgo, que no se debe minimizar, el pánico que ha desatado la pandemia de coronavirus es desproporcionado. Ni siquiera la “gripe española”, que fue mucho más letal, tuvo efectos tan devastadores sobre la economía. ¿A qué se debe en realidad esto? ¿Por qué el mundo reacciona con un pánico tan desmesurado a un virus? Emmanuel Macron habla incluso de guerra y del enemigo invisible que tenemos que derrotar. ¿Nos hallamos ante un regreso del enemigo? La “gripe española” se desencadenó en plena Primera Guerra Mundial. En aquel momento todo el mundo estaba rodeado de enemigos. Nadie habría asociado la epidemia con una guerra o con un enemigo. Pero hoy vivimos en una sociedad totalmente distinta.

En realidad hemos estado viviendo durante mucho tiempo sin enemigos. La guerra fría terminó hace mucho. Últimamente incluso el terrorismo islámico parecía haberse desplazado a zonas lejanas. Hace exactamente diez años sostuve en mi ensayo La sociedad del cansancio la tesis de que vivimos en una época en la que ha perdido su vigencia el paradigma inmunológico, que se basa en la negatividad del enemigo. Como en los tiempos de la guerra fría, la sociedad organizada inmunológicamente se caracteriza por vivir rodeada de fronteras y de vallas, que impiden la circulación acelerada de mercancías y de capital. La globalización suprime todos estos umbrales inmunitarios para dar vía libre al capital. Incluso la promiscuidad y la permisividad generalizadas, que hoy se propagan por todos los ámbitos vitales, eliminan la negatividad del desconocido o del enemigo. Los peligros no acechan hoy desde la negatividad del enemigo, sino desde el exceso de positividad, que se expresa como exceso de rendimiento, exceso de producción y exceso de comunicación. La negatividad del enemigo no tiene cabida en nuestra sociedad ilimitadamente permisiva. La represión a cargo de otros deja paso a la depresión, la explotación por otros deja paso a la autoexplotación voluntaria y a la autooptimización. En la sociedad del rendimiento uno guerrea sobre todo contra sí mismo.

Umbrales inmunológicos y cierre de fronteras.

Pues bien, en medio de esta sociedad tan debilitada inmunológicamente a causa del capitalismo global irrumpe de pronto el virus. Llenos de pánico, volvemos a erigir umbrales inmunológicos y a cerrar fronteras. El enemigo ha vuelto. Ya no guerreamos contra nosotros mismos, sino contra el enemigo invisible que viene de fuera. El pánico desmedido en vista del virus es una reacción inmunitaria social, e incluso global, al nuevo enemigo. La reacción inmunitaria es tan violenta porque hemos vivido durante mucho tiempo en una sociedad sin enemigos, en una sociedad de la positividad, y ahora el virus se percibe como un terror permanente.

Pero hay otro motivo para el tremendo pánico. De nuevo tiene que ver con la digitalización. La digitalización elimina la realidad. La realidad se experimenta gracias a la resistencia que ofrece, y que también puede resultar dolorosa. La digitalización, toda la cultura del “me gusta”, suprime la negatividad de la resistencia. Y en la época posfáctica de las fake news y los deepfakes surge una apatía hacia la realidad. Así pues, aquí es un virus real, y no un virus de ordenador, el que causa una conmoción. La realidad, la resistencia, vuelve a hacerse notar en forma de un virus enemigo. La violenta y exagerada reacción de pánico al virus se explica en función de esta conmoción por la realidad.

La reacción pánica a los mercados financieros a la epidemia es  además la expresión de aquel pánico que ya es inherente a ellos. Las convulsiones extremas en la economía mundial hacen que esta sea muy vulnerable. A pesar de la curva constantemente creciente del índice bursátil, la arriesgada política monetaria de los bancos emisores ha generado en los últimos años un pánico reprimido que estaba aguardando al estallido. Probablemente el virus no sea más que la pequeña gota que ha colmado el vaso. Lo que se refleja en el pánico del mercado financiero no es tanto el miedo al virus cuanto el miedo a sí mismo. El crash se podría haber producido también sin el virus. Quizá el virus solo sea el preludio de un crash mucho mayor.

Zizek afirma que el virus asesta un golpe mortal al capitalismo, y evoca un oscuro comunismo. Se equivoca

Žižek afirma que el virus ha asestado al capitalismo un golpe mortal, y evoca un oscuro comunismo. Cree incluso que el virus podría hacer caer el régimen chino. Žižek se equivoca. Nada de eso sucederá. China podrá vender ahora su Estado policial digital como un modelo de éxito contra la pandemia. China exhibirá la superioridad de su sistema aún con más orgullo. Y tras la pandemia, el capitalismo continuará aún con más pujanza. Y los turistas seguirán pisoteando el planeta. El virus no puede reemplazar a la razón. Es posible que incluso nos llegue además a Occidente el Estado policial digital al estilo chino. Como ya ha dicho Naomi Klein, la conmoción es un momento propicio que permite establecer un nuevo sistema de gobierno. También la instauración del neoliberalismo vino precedida a menudo de crisis que causaron conmociones. Es lo que sucedió en Corea o en Grecia. Ojalá que tras la conmoción que ha causado este virus no llegue a Europa un régimen policial digital como el chino. Si llegara a suceder eso, como teme Giorgio Agamben, el estado de excepción pasaría a ser la situación normal. Entonces el virus habría logrado lo que ni siquiera el terrorismo islámico consiguió del todo.

El virus no vencerá al capitalismo. La revolución viral no llegará a producirse. Ningún virus es capaz de hacer la revolución. El virus nos aísla e individualiza. No genera ningún sentimiento colectivo fuerte. De algún modo, cada uno se preocupa solo de su propia supervivencia. La solidaridad consistente en guardar distancias mutuas no es una solidaridad que permita soñar con una sociedad distinta, más pacífica, más justa. No podemos dejar la revolución en manos del virus. Confiemos en que tras el virus venga una revolución humana. Somos NOSOTROS, PERSONAS dotadas de RAZÓN, quienes tenemos que repensar y restringir radicalmente el capitalismo destructivo, y también nuestra ilimitada y destructiva movilidad, para salvarnos a nosotros, para salvar el clima y nuestro bello planeta.

Byung-Chul Han es un filósofo y ensayista surcoreano que imparte clases en la Universidad de las Artes de Berlín. Autor, entre otras obras, de ‘La sociedad del cansancio’, publicó hace un año ‘Loa a la tierra’, en la editorial Herder.

Traducción de Alberto Ciria.